miércoles 25 de enero de 2012

LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO EN SU ENCUENTRO CON CRISTO GLORIOSO

La conversión de San Pablo
Fiesta Litúrgica, 25 de enero
La conversión de San Pablo
La conversión de San Pablo

Fiesta Litúrgica

Martirologio Romano: Fiesta de la Conversión de san Pablo, apóstol. Viajando hacia Damasco, cuando aún maquinaba amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, el mismo Jesús glorioso se le reveló en el camino, eligiéndole para que, lleno del Espíritu Santo, anunciase el Evangelio de la salvación a los gentiles. Sufrió muchas dificultades a causa del nombre de Cristo.


Pablo, llamado Saulo en el uso y rigor judío, afirmaba con vehemencia que el Evangelio que predicaba no lo había aprendido o recibido de los hombres.

Perteneció a la casta de los fariseos. Había nacido en Tarso, ciudad que pertenecía al mundo grecorromano; quien nacía allí tenía la categoría de ciudadano romano y lo era tanto como el centurión, el procurador, el tribuno o magistrado. Necesariamente, por ser judío no le cupo más suerte en la niñez que andar disimulando su condición entre los demás del pueblo, ocultando su creencia, tenida como superstición por los paganos romanos. Es posible que esto le fuera encendiendo por dentro y le afirmara aún más en su fe, cuando iba creciendo en edad y tenía que defenderse marchando contra corriente.

Era más bien bajo, de espaldas anchas y cojeaba algo. Fuerte y macizo como un tronco. Un rictus tenía que le hacía fanático. Conocía los manuscritos viejos escritos con signos que a los griegos y a los romanos les parecían garabatos ininteligibles, pero que encerraban toda la sabiduría y la razón de ser de un pueblo. Listo como un sabio en las escuelas griegas de Tarso, familiarizado con los poetas y filósofos que habían pasado el tiempo escribiendo en tablillas o pensando. Para los griegos solo era un hebreo, miembro de aquellas familias que vivían en un islote social, aislado entre misterios inaccesibles a los de otra raza, uno de los que tenían prohibido el acceso a las clases cultas y dirigentes; era de esos que se hacían despreciables por su puritanismo, por sus rarezas ante los alimentos, su modo de divertirse, de casarse, de entender la vida, de no asistir a los templos ¡un ambiente nada claro!

A los dieciocho años se fue a Jerusalén para aprender cosas del judío verdadero, las de la Ley patria, la razón de las costumbres; ansiaba profundizar en la historia del pueblo y en su culto. Gamaliel lo informó bien por unos cuartos. Aprendió las cosas yendo a la raíz, no como las decía la gente poco culta del pueblo sencillo y llano. Supo más y mejor del poder del Dios único; aprendió a darle honra y alabanza en el mayor de los respetos y malamente soportaba con su pueblo el presente dominio del imponente invasor. Esto le ponía furioso. Los profetas daban pistas para un resurgimiento y los salmos cantaban la victoria de Dios sobre otros pueblos y culturas muy importantes que en otro tiempo subyugaron a los judíos y ya desaparecieron a pesar de su altivez; igual pasaría con los dominadores actuales. El Libertador no podría tardar. Mientras tanto, era preciso mantener la idiosincrasia del pueblo a cualquier costa y no ser como los herodianos, para que la esperanza hiciera posible su supervivencia como nación. No se podía dejar que un ápice lo apartara de la fidelidad a las costumbres patrias. Eso le hizo celoso.

Y mira por donde, aquella herejía estaba estropeando todo lo que necesitaba el pueblo. Locos estaban adorando a un hombre y crucificado. No se podía permitir que entre los suyos se ampliara el círculo de los disidentes. Había que hacer algo. No pasaban, sino que las noticias decían que estaban por todas partes como si se diera una metástasis generalizada de un cáncer nacional. Hacía años que ya estuvo, colaborando como pudo, en la lapidación de uno de aquellos visionarios listos, serviciales, piadosos y caritativos pero que hacían mucho daño al alto estamento oficial judío; fue cuando lo apedrearon por blasfemo a las afueras de Jerusalén, y lastimosamente él sólo pudo guardar los mantos de los que lo lapidaron. Hasta le parecía recordar aún su nombre: Esteban.

Su conversión fue en un día insospechado. Nada propiciaba aquel cambio. Precisamente llevaba cartas de recomendación de los judíos de Jerusalén para los de Damasco; quería poner entre rejas a los cristianos que encontrara. Hasta allí se extendía la autoridad de los sumos sacerdotes y principales fariseos; como eran costumbres de religión, los romanos las reconocían sin hacerles ascos. Saulo guiaba una comitiva no guerrera pero sí muy activa, casi furiosa, impaciente por cumplir bien una misión que suponían agradable a Dios y purga necesaria para la estabilidad de los judíos y para proteger la pureza de las tradiciones que recibieron los padres. Aquello parecía la avanzada de un ejército en orden de batalla, con el repiqueteo de las herraduras en las pezuñas de las monturas sobre el duro suelo de roca ante Damasco donde caracoleaban los caballos. Llevaban ya varios días de caminata; se daban por bien empleados si la gestión terminaba con éxito. Iba Saulo "respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor". En su interior había buena dosis de saña.

"Y sucedió que, al llegar cerca de Damasco, de súbito le cercó una luz fulgurante venida del cielo, y cayendo por tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dijo: ¿Quién eres, Señor? Y él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, y entra en la ciudad y se te dirá lo que has de hacer. Y los hombres que le acompañaban se habían detenido, mudos de espanto, oyendo la voz, pero sin ver a nadie. Se levantó Saulo del suelo y , abiertos los ojos, nada veía. Y llevándole de la mano lo introdujeron en Damasco, y estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió" (Act. 9, 3-9).

Tres días para rumiar su derrota y hacerse cargo en su interior de lo que había pasado. Y luego, el bautismo. Un cambio de vida, cambio de obras, cambio de pensamiento, de ideales y proyectos. Su carácter apasionado tomará el rumbo ahora marcado sin trabas humanas posibles _su rendición fue sin condiciones_ y con el afán de llevar a su pueblo primero y al mundo entero luego la alegría del amor de Dios manifestado en Cristo.

El relato es del historiador Lucas, buen conocedor de su oficio. Se lo había oído veces y veces al mismo protagonista. No hay duda. Vió él mismo al resucitado; y lo dirá más veces, y muy en serio a los de Corinto. Por ello fue capaz de sufrir naufragios en el mar y persecuciones en la tierra, y azotes, y hambre y cárcel y humillaciones y críticas, y juicios y muerte de espada; por ello hizo viajes por todo el imperio, recorriéndolo de extremo a extremo. Y no creas que se lamentaba; le ilusionaba hacerlo porque sabía que en él era mandato más que ruego; el dolor y sufrimiento más bien los tuvo como credenciales y las heridas de su cuerpo las pensaba como garantía de la victoria final en fidelidad ansiada.

Entre tantas conversiones del santoral, la de Pablo es ejemplar, paradigmática. Más se palpa en ella la acción divina que el esfuerzo humano; además, enseña las insospechadas consecuencias que trae consigo una mudanza radical.

viernes 20 de enero de 2012

La Medalla Milagrosa y la conversión de Alfonso Ratisbona

Alfonso Ratisbona, emparentado con la célebre familia Rothschild, tenía 27 años cuando un 20 de enero de 1842, la Santísima Virgen se le apareció y lo convirtió instantáneamente.

Hombre culto, rico y de elegante trato, relacionado con las altas esferas sociales, estaba de novio con una joven de su familia. Tenía frente a sí un futuro promisorio. De paso por Roma visitó, como turista, las ruinas históricas y numerosos monumentos e iglesias.
La víspera de su partida tenía que hacer, a contra gusto, una visita al Barón Teodoro de Bussières, hermano de un viejo conocido suyo. Para librarse del incómodo compromiso, decidió apuntar unas palabras de mera formalidad en su tarjeta de visita y dejarla con el portero. Sin embargo, como éste no entendió bien la pronunciación del extranjero, lo introdujo amablemente al salón y anunció su llegada al señor de casa.

Apóstol ardoroso y hábil

Católico practicante y apóstol ardoroso, recién convertido del protestantismo, Teodoro de Bussières no quiso dejar escapar la oportunidad de conquistar esa alma para Dios. Recibió con mucha cortesía al visitante y hábilmente condujo la conversación para hacerlo discurrir sobre sus paseos por la Ciudad Eterna. A cierta altura, Ratisbona dijo: “Visitando la Iglesia de Araceli, en el Capitolio, sentí una emoción profunda e inexplicable. El guía, dándose cuenta de mi perplejidad, preguntó qué sucedía y si acaso quería retirarme”.

Al oír esto, los ojos de Bussières brillaron de regocijo. Su interlocutor, notándolo, se apresuró a recalcar que dicha emoción nada tenía de cristiana. Y ante el contra argumento de que muy bien podría ser una gracia de Dios llamándolo a la conversión, el israelita, contrariado, le pidió no insistir en el asunto porque jamás se haría católico. “Pierde usted su tiempo. ¡Yo nací en la religión judía y en ella voy a morir!”, afirmó. La conversación caminaba a la discusión. En cierto momento, Bussières tuvo una singular idea, que seguramente muchos tildarían de locura. –Ya que usted es un espíritu tan superior y tan seguro de sí mismo, prométame llevar al cuello un obsequio que quiero darle.

–Veamos. ¿De qué se trata? – preguntó Alfonso.

–Simplemente, esta medalla – replicó el Barón, mostrándole la conocida Medalla Milagrosa.

Ratisbona reaccionó con sorpresa e indignación, pero Bussières añadió con calculada frialdad:

–Según su manera de pensar, esto debe serle perfectamente indiferente; y si acepta usarla, me proporcionará un gran placer.

–Está bien… La usaré. Esto me servirá como un capítulo pintoresco de mis notas e impresiones de viaje – asintió Alfonso, mofándose de la fe de su anfitrión.

Éste le colgó la medalla y, acto seguido, le propuso algo todavía más insólito: que rezara al menos una vez al día la oración “Acordaos, piadosísima Virgen María”, compuesta por San Bernardo.

Ratisbona se rehusó de forma categórica, considerando demasiado impertinente la proposición. Pero una fuerza interior movió a Bussières a insistir. Mostrándole la oración, le rogó que hiciera una copia de su propio pu ño y letra, para que cada uno conservara el ejemplar escrito por el otro, a la manera de un recuerdo.
Para librarse de la importuna insistencia, Ratisbona accedió, diciendo con ironía: “Está bien, voy a escribirla. Usted se quedará con mi copia, y yo con la suya”.

El poder de la oración

Cuando se retiró, Teodoro y su esposa se miraron en silencio. Preocupados con las blasfemias proferidas por Alfonso a lo largo de la conversación, pidieron perdón a Dios por él. Esa misma noche Bussières buscó a su íntimo amigo, el Conde Augusto de La Ferronays –católico fervoroso y embajador de Francia en Roma–, para contarle lo sucedido y pedir oraciones por la conversión de Ratisbona.

“Tenga confianza, que si él reza el ‘Acordaos', la partida está ganada”– respondió La Ferronays, que rezó con empeño por la conversión del joven israelita; y existen indicios de que hasta haya ofrecido su vida por esa intención.

En cuanto a Alfonso, llegó fatigado al hotel y leyó la oración maquinalmente. Al día siguiente, descubrió sorprendido que la plegaria había tomado cuenta de su espíritu. Más tarde escribiría en su relato: “No podía defenderme. Esas palabras regresaban sin cesar, y yo las repetía continuamente”.

Entre tanto, Bussières fue a visitarlo al hotel. Un impulso profundo lo empujaba a seguir insistiendo, seguro que tarde o temprano Dios abriría los ojos de Alfonso. Al no encontrarlo, le dejó una invitación para volver a su casa por la mañana. Y el joven acudió a la cita, pero lo previno:

–Espero que no me venga con aquellas conversaciones de ayer. Sólo vine a despedirme, pues esta noche parto a Nápoles.

–¿Partir hoy? ¡Jamás! El lunes habrá un pontifical solemne en la Basílica de San Pedro, y usted tiene que ver al Papa oficiando.

–¿Qué me importa el Papa? Yo partiré – replicó Alfonso.

Bussières transigió, insistió, prometió llevarlo a otros sitios pintorescos de Roma y terminó por convencerlo de atrasar la partida.

Y así fue como estuvieron visitando palacios, iglesias, obras de arte. Aunque las conversaciones entre ambos fueron triviales, el infatigable apóstol tenía la convicción de que un día Alfonso sería católico, aunque debiera bajar un ángel del cielo para iluminarlo. Esa noche falleció inesperadamente el Conde de La Ferronays. Bussières marcó su encuentro con Ratisbona para la mañana siguiente frente a la iglesia de Sant'Andrea delle Fratte. Cuando llegó, le comuni có el deceso del Conde y le pidió que

aguardara unos minutos dentro de la iglesia, mientras él iba a la sacristía para ocuparse de algunos detalles relativos a las exequias.

El joven hebreo permaneció de pie en el templo, mirando impávido en torno a sí, sin prestar atención. No podía pasar a la otra nave debido a las cuerdas y arreglos florales que obstruían el corredor.

Bussières regresó poco después, y al comienzo no pudo localizar a su amigo. Observando mejor, lo descubrió arrodillado frente al altar de San Miguel, bastante lejano al sitio donde lo había dejado. Se acercó y lo tocó varias veces, sin lograr que reaccionara. Finalmente, el joven se volvió hacia él, con el rostro bañado en lágrimas y las manos juntas, diciendo: “¡Oh, cuánto rezó este señor (La Ferronays) por mí!”

“¡Yo la vi! ¡La vi!”

Estupefacto, Bussières sentía la emoción del que presencia un milagro. Levantó medallaMilagrosa.jpgsolícitamente a Ratisbona, preguntando qué le pasaba y adónde quería ir. “Lléveme donde quiera; luego de lo que vi, yo obedezco” – fue la respuesta.

Aunque instado a explicarse mejor, Alfonso no lograba hacerlo. Pero se sacó del cuello la Medalla Milagrosa y la besó varias veces. Tan sólo pudo exclamar: “¡Ah, qué feliz soy! ¡Qué bueno es Dios! ¡Qué plenitud de gracias y de bondad!” Con una mirada radiante de felicidad, abrazó a su amigo y le pidió que trajera cuanto antes un confesor; preguntó también cuándo podría recibir el Bautismo, sin el cual, afirmaba, ya no conseguía vivir. Agregó que no diría nada más sin la autorización de un sacerdote, pues “lo que tengo que decir sólo puedo hacerlo de rodillas”.

Bussières lo condujo de inmediato a la iglesia de los jesuitas, donde el Padre Villefort lo indujo a explicar lo sucedido.

Alfonso se quitó la Medalla Milagrosa, la besó y se la mostró, diciendo emocionado: “¡Yo la vi! ¡La vi!”.

En seguida, más tranquilo, relató: “Llevaba poco tiempo en la iglesia cuando, de repente, me sentí dominado por una emoción inexplicable. Levanté los ojos. Todo el edificio había desaparecido de mi vista. Solamente una capilla lateral había, por decirlo así, concentrado la luz. Y en medio de ese esplendor apareció de pie sobre el altar, grandiosa, brillante, llena de majestad y dulzura, la Virgen María tal como está en esta medalla. Una fuerza irresistible me empujó hacia Ella. La Virgen me hizo una señal con la mano para que me arrodillara, y pareció decirme:

‘¡Está bien!' No me habló, pero lo comprendí todo”.

El sacerdote pidió más detalles al feliz convertido, que agregó haber visto a la Reina de los Cielos en todo el esplendor de su belleza inmaculada, pero sin poder contemplar directamente su rostro. Tres veces intentó levantar la vista, pero sus ojos sólo llegaron a posarse en sus manos virginales, de las que brotaban rayos luminosos en su dirección. Era el 20 de enero de 1842.
Bautizado con el nombre de Alfonso María, el joven Ratisbona renunció a la familia, a la fortuna, a la brillante posición social, y se ordenó sacerdote.

Falleció en olor de santidad, tras una vida de intenso apostolado en Jerusalén.

El que visita la iglesia de Sant'Andrea delle Fratte puede observar un cuadro grande y hermoso de la Virgen en el lugar exacto donde se apareció y produjo tan estupenda conversión.

Los italianos la llaman Madonna del Miracolo .

viernes 6 de enero de 2012

LA EPIFANÍA SEGÚN ANA CATALINA EMMERICK

Santa Ana Catalina Emmerick recibió de Dios la gracia de ver con detalle los episodios de la vida de Jesús y María. Entre ellos destacamos hoy la visión que tuvo de la Epifanía (o Adoración de los Reyes Magos).


Vi la caravana de los tres Reyes llegando a una puerta situada hacia el Sur.

Un grupo de hombres los siguió hasta un arroyo que hay delante de la ciudad, volviéndose luego. Cuando hubieron pasado el arroyo, se detuvieron un momento para buscar la estrella en el cielo. Habiéndola divisado dieron un grito de alegría y continuaron su marcha cantando. La estrella no los conducía en línea recta, sino por un camino que se desviaba un poco al Oeste.

Pasaron delante de una ciudad pequeña, que conozco bien, detrás de la cual los vi que se detenían y oraban en dirección al Sur, en un sitio agradable al lado de un caserío. En este lugar, y delante de ellos, surgió un manantial de la tierra, lo que los llenó de regocijo. Bajaron y cavaron para esta fuente un pilón que rodearon de arena, piedras y césped. Acamparon allí durante varias horas, abrevaron y dieron de comer a sus animales, y tomaron ellos también un poco de alimento, pues en Jerusalén no habían podido descansar a consecuencia de sus diversas preocupaciones. Más tarde, vi a Nuestro Señor detenerse varias veces cerca de esta fuente, con sus discípulos.

La estrella, que brillaba durante la noche como un globo de fuego, se parecía ahora a la luna vista durante el día; no era perfectamente redonda, sino como recortada; a menudo la vi oculta por las nubes.

Sobre el camino directo de Belén a Jerusalén había gran movimiento de viajeros, con equipajes y asnos. Probablemente eran gentes que volvían de Belén después de haber pagado el impuesto, o que iban a Jerusalén al mercado o para visitar el Templo. El camino que seguían los Reyes era solitario, y Dios los llevaba sin duda por allí para que pudieran llegar a Belén durante la noche, sin llamar demasiado la atención.
Los vi ponerse en camino cuando ya el sol se hallaba muy bajo. Iban en el mismo orden, en que habían venido ; Ménsor, el más joven, iba delante; luego venía Saír, el cetrino, y por fin Teóceno, el blanco, que era también el de más edad.

Hoy a la hora del crepúsculo, vi el cortejo de los santos Reyes llegando ante Belén, cerca del mismo edificio en el que José y María se habían hecho inscribir y que era la casa solariega de la familia de David. Sólo quedan algunos restos de muros. Había pertenecido a los padres de San José. Era un gran edificio rodeado por otros más pequeños, con un patio cerrado, delante del cual había una plaza plantada de árboles con una fuente.

En esta plaza vi a unos soldados romanos, porque la casa era como una oficina para el cobro de impuestos. Cuando llegó el cortejo, cierto número de curiosos se agrupó a su alrededor.

Habiendo desaparecido la estrella, los Reyes sentían alguna inquietud. Se les aproximaron algunos hombres y los interrogaron. Ellos echaron pie a tierra, y unos empleados vinieron desde la casa a su encuentro con ramas en la mano, y les ofrecieron algunos refrescos. Ésta era la costumbre para dar la bienvenida a extranjeros distinguidos. Yo, entonces, pienso : «son mucho más amables con ellos que con el pobre San José, tan sólo porque han distribuido pequeñas piezas de oro».

Les hablaron del valle de los pastores como de un buen lugar para levantar sus carpas. Ellos se quedaron durante largo rato indecisos. Yo no les oí preguntar nada acerca del rey de los judíos recién nacido. Sabían que Belén era el sitio designado por la profecía; pero, a causa de lo que Herodes les había dicho, temían llamar la atención.

Pronto vieron brillar en el cielo, sobre un lado de Belén, un meteoro semejante a la luna cuando aparece; montaron entonces nuevamente en sus cabalgaduras, y costeando un foso y unos muros ruinosos, dieron la vuelta a Belén, por el Sur, y se dirigieron al Oriente hacia la gruta del Pesebre, que abordaron por el costado de la llanura donde los ángeles se habían aparecido a los pastores.

Cuando hubieron llegado cerca de la tumba de Maraha, en el valle que está detrás de la gruta del Pesebre, se apearon. Sus gentes deshicieron muchos envoltorios, levantaron una gran carpa que llevaban e hicieron otros arreglos, con ayuda de algunos pastores que les indicaron los sitios más convenientes.

El campamento se hallaba en parte arreglado, cuando los Reyes vieron aparecer la estrella, clara y brillante, sobre la colina del Pesebre, dirigiendo hacia ella perpendicularmente sus rayos de luz. La estrella pareció crecer mucho y derramó una cantidad extraordinaria de luz.

Yo los vi mirando primero todo con un aire de gran asombro. Estaba oscuro; no veían ninguna casa sino tan sólo la forma de una colina semejante a una muralla. De pronto sintieron un gran júbilo, pues vieron en medio de la luz la figura resplandeciente de un niño.

Todos se destocaron para demostrar su respeto; luego los tres Reyes fueron hacia la colina y encontraron la puerta de la gruta. Ménsor la abrió, viéndola llena de una luz celeste, y al fondo a la Virgen, sentada, sosteniendo al Niño, tal como él y sus compañeros la habían visto en sus visiones.

Volvió sobre sus pasos para contar a los otros lo que acababa de ver.

Entonces José salió de la gruta, acompañado por un viejo pastor, para ir a su encuentro. Los tres Reyes le dijeron con toda sencillez cómo habían venido para adorar al rey recién nacido de los judíos, cuya estrella habían visto, y para ofrecerle sus presentes. José los acogió muy afectuosamente, y el anciano pastor los acompañó hasta su séquito y los ayudó en sus arreglos, junto con otros pastores que se encontraban allí.
Ellos mismos se prepararon como para una ceremonia solemne.

Los vi ponerse unos grandes mantos, blancos con una cola que tocaba el suelo. Tenían un reflejo brillante, como si fueran de seda natural; eran muy hermosos y flotaban ligeramente a su alrededor. Eran éstas las vestiduras ordinarias para las ceremonias religiosas. En la cintura llevaban unas bolsas y unas cajas de oro colgadas de cadenas, cubriendo todo esto con sus amplios mantos. Cada uno de los Reyes venía seguido por cuatro personas de su familia, además de algunos servidores de Ménsor que llevaban una mesa pequeña, una carpeta con flecos y otros objetos.

Los Reyes siguieron a San José, y al llegar bajo el alero que estaba delante de la gruta, cubrieron la mesa con la carpeta y cada uno de ellos puso encima las cajas de oro y los vasos que desprendieron de su cintura : eran los presentes que ofrecían entre todos.

Ménsor y los demás se quitaron las sandalias, y José abrió la puerta de la gruta. Dos jóvenes del séquito de Ménsor iban delante de él; tendieron una tela sobre el piso de la gruta, retirándose luego hacia atrás ; otros dos los siguieron con la mesa, sobre la que estaban los presentes.

Una vez llegado delante de la Santísima Virgen, Ménsor los tomó, y poniendo una rodilla en tierra, los depositó respetuosamente a sus plantas. Detrás de Ménsor se hallaban los cuatro hombres de su familia que se inclinaban con humildad. Saír y Teóceno, con sus acompañantes, se habían quedado atrás, cerca de la entrada.

Cuando se adelantaron, estaban como ebrios de alegría y de emoción, e inundados por la luz que llenaba la gruta. Sin embargo, allí sólo había una luz : la Luz del mundo.

María, apoyada sobre un brazo, se hallaba más bien recostada que sentada sobre una especie de alfombra, a la izquierda del Niño Jesús, el cual estaba acostado dentro de una gamella cubierta con una carpeta y colocada sobre una tarima, en el lugar en que había nacido; pero en el momento en que ellos entraron, la Santísima Virgen se sentó, se cubrió con su velo y tomó entre sus brazos al Niño Jesús, cubierto también por su amplio velo.

Ménsor se arrodilló, y colocando los presentes ante él, pronunció palabras conmovedoras rindiéndole homenaje, cruzando las manos sobre el pecho e inclinando su cabeza descubierta.

Entre tanto, María había desnudado el busto del Niño, el cual miraba con semblante amable desde el centro del velo en que se hallaba envuelto; su madre sostenía su cabecita con uno de sus brazos y lo rodeaba con el otro. Tenía sus manitas juntas sobre el pecho, y a menudo las tendía graciosamente a su alrededor.
¡Oh, qué felices se sentían de adorar al Niño Rey aquellos buenos hombres venidos de Oriente!

Viendo esto me decía a mí misma: «Sus corazones son puros y sin mancha, llenos de ternura y de inocencia como corazones de niños piadosos. No hay nada violento en ellos, y sin embargo están llenos de fuego y de amor. Yo estoy muerta, yo no soy ya más que un espíritu; de otro modo no podría ver esto, pues esto no existe ahora, y sin embargo existe ahora; pero no existe en el tiempo; en Dios no hay tiempo; en Dios todo es presente; yo estoy muerta, ya no soy más que un espíritu». Mientras me asaltaban aquellos pensamientos tan extraños, escuché una voz que me decía : «¿Qué te puede importar eso? Mira y ataba al Señor, que es eterno y en quien todo es eterno».

Vi entonces a Ménsor que sacaba de una bolsa, colgada de su cintura, un puñado de pequeñas barras compactas, pesadas, del largo de un dedo, afiladas en la extremidad y brillantes como el oro; era su regalo, que colocó humildemente sobre las rodillas de la Santísima Virgen al lado del Niño Jesús. Ella lo tomó con un agradecimiento lleno de gracia y lo cubrió con un extremo de su manto. Ménsor dio aquellas pequeñas barras de oro, virgen porque era muy sincero y caritativo, y buscaba la verdad con un ardor constante e inquebrantable.

Después se retiro, retrocediendo con sus cuatro acompañantes, y Saír, el Rey cetrino, se adelanto con los suyos y se arrodilló con una profunda humildad, ofreciendo su presente con palabras conmovedoras. Era un vaso de oro para poner el incienso, lleno de pequeños granos resinosos, de color verdoso; lo puso sobre la mesa delante del Niño Jesús. Saír dio el incienso, porque era un hombre que se conformaba respetuosamente y desde el fondo de su corazón, a la voluntad de Dios y la seguía con amor. Se quedó largo rato arrodillado con un gran fervor antes de retirarse.

Luego vino Teóceno, el mayor de los tres. Tenía mucha edad; sus miembros estaban endurecidos, no siéndole posible arrodillarse; pero se puso de pie, profundamente inclinado, y colocó sobre la mesa un vaso de oro con una hermosa planta verde. Era un precioso arbusto de tallo recto, con pequeños ramos crespos coronados por lindas flores blancas: era la mirra. Ofreció la mirra, por ser el símbolo de la mortificación y de la victoria sobre las pasiones, pues este hombre excelente había sostenido perseverante lucha contra la idolatría, la poligamia y las costumbres violentas de sus compatriotas. En su emoción, se quedó durante tanto tiempo con sus cuatro acompañantes ante el Niño Jesús, que tuve lástima de los otros criados que estaban fuera de la gruta, y que habían esperado tanto para ver al Niño.

Las palabras de los Reyes y de todos sus acompañantes eran llenas de simplicidad y siempre muy conmovedoras. En el momento de prosternarse y al ofrecer sus presentes, se expresaban más o menos en estos términos: «Hemos visto su estrella ; sabemos que Él es el Rey de todos los reyes; venimos a adorarlo y a ofrecerle nuestro homenaje y nuestros presentes». Y así sucesivamente.

Estaban como en éxtasis, y en sus oraciones inocentes y afectuosas, recomendaban al Niño Jesús sus propias personas, sus familias, su país, sus bienes y todo lo que tenía algún valor para ellos sobre la tierra. Ofrecían al Rey recién nacido sus corazones, sus almas, sus pensamientos y sus acciones. Le pedían que les diera una clara inteligencia, virtud, felicidad, paz y amor. Se mostraban inflamados de amor y derramaban lágrimas de alegría, que caían sobre sus mejillas y sus barbas. Se hallaban en plena felicidad. Creían haber llegado ellos mismos hasta aquella estrella hacia la cual, desde miles de años atrás, sus antepasados habían dirigido sus miradas y suspiros, con un deseo tan constante. Todo el regocijo de la promesa realizada después de tantos siglos estaba en ellos.
La madre de Dios aceptó todo con humilde acción de gracias; al principio no dijo nada, pero un simple movimiento bajo su velo expresaba su piadosa emoción. El cuerpecito del Niño se mostraba brillante entre los pliegues de su manto.

Por fin, Ella dijo a cada uno algunas. palabras humildes y llenas de gracia, y echó un poco su velo hacia atrás. Allí pude recibir una nueva lección. Pensé: «con qué dulce y amable gratitud recibe cada presente! Ella, que no tiene necesidad de nada, que posee a Jesús, acoge con humildad todos los dones de la caridad. Yo también, en lo futuro, recibiré humildemente y con agradecimiento todas las dádivas caritativas» ¡ Cuánta bondad en María y en José ! No guardaban casi nada para ellos, y distribuían todo entre los pobres.

Cuando los Reyes hubieron abandonado la gruta con sus, acompañantes, volviéndose a sus carpas, sus criados entraron a su vez. Habían levantado las tiendas, descargado los animales, puesto todo en orden, y esperaban delante de la puerta, llenos de paciencia y de humildad. Eran más de treinta, y estaba también con ellos un grupo de niños que llevaban solamente un paño ceñido a los riñones y un pequeño manto.

Los criados entraron de cinco en cinco, conducidos por uno de los personajes principales bajo cuyas órdenes servían. Se arrodillaban alrededor del Niño y lo honraban en silencio. Finalmente, entraron los niños todos juntos, se pusieron de rodillas y adoraron a Jesús con una alegría inocente y cándida.

Los servidores no se quedaron mucho tiempo en la gruta del Pesebre, pues los Reyes volvieron a entrar solemnemente. Se habían puesto otros mantos largos y flotantes; llevaban en la mano unos incensarios, y con ellos incensaron con gran respeto al Niño, a la Santísima Virgen, a José y a toda la gruta. Luego se retiraron, después de haberse inclinado profundamente.

Ésta era una de las formas de adorar que tenía aquel pueblo.

Durante todo este tiempo, María y José se hallaban penetrados por la más dulce alegría. Jamás los había visto así; lágrimas de ternura corrían a menudo por sus mejillas. Los honores solemnes rendidos al Niño Jesús, a quien ellos se veían obligados a alojar tan pobremente, y cuya dignidad suprema quedaba escondida en sus corazones, los consolaba infinitamente. Veían que la Providencia todopoderosa de Dios, a pesar de la ceguera de los hombres, había preparado para el Niño de la Promesa, y le había enviado desde las regiones más lejanas, lo que ellos por sí no podían darle: la adoración debida a su dignidad, y ofrecida por los poderosos de la tierra con una santa magnificencia. Adoraban a Jesús con los santos Reyes. Los homenajes ofrecidos los hacían muy felices.
Las tiendas estaban levantadas en el valle situado detrás de la gruta del Pesebre, hasta la gruta de la tumba de Maraha ; los animales se hallaban puestos en filas y atados a estacas, y separados por medio de cuerdas. Cerca de la carpa grande que estaba al lado de la colina del Pesebre, había un espacio cubierto con esteras, donde estaba depositada una porción del equipaje; sin embargo, la mayor parte fue llevada a la gruta de la tumba de Maraha.

Cuando todos hubieron abandonado el Pesebre, ya se habían levantado las estrellas. Se reunieron en círculo cerca del viejo terebinto que se alzaba sobre la gruta de Maraha, y entonaron cantos solemnes en presencia de las estrellas. No me es posible decir la emoción de aquellos cantos que resonaban en medio del valle silencioso. ¡Durante tantos siglos sus antepasados habían mirado los astros, rezado, cantado, y he aquí que ahora todos sus deseos habían sido escuchados ! Cantaban como ebrios de alegría y de agradecimiento.
Entre tanto, José, con la ayuda de dos viejos pastores, había preparado una comida frugal en la tienda de los tres Reyes. Trajeron pan, frutas, panales de miel, algunas hierbas y frascos de bálsamo, poniéndolo todo sobre una mesa baja, cubierta con una carpeta. José había conseguido estas cosas desde la mañana para recibir a los Reyes, cuya venida le había sido anunciada de antemano por la Santísima Virgen.

Cuando los Reyes volvieron a su carpa, vi que San José los recibía muy cordialmente, y les rogaba, que siendo sus huéspedes, se dignaran aceptar la sencilla comida que les ofrecía. Se ubicó al lado de ellos junto a la mesa, y luego empezaron a comer.

San José no mostraba timidez alguna; hallábase tan contento que derramaba lágrimas de alegría.

(Cuando vi esto, pensé en mi difunto padre, el pobre campesino, que en ocasión de mi toma de hábito en el convento, se vio obligado a sentarse a la mesa en compañía de muchas personas distinguidas. En su sencillez y su humildad, al principio había sentido mucho miedo; luego, púsose tan contento que hasta derramó lágrimas de alegría. Sin querer, ocupaba el primer lugar en la fiesta.)

Después de aquella pequeña comida, José los dejó. Algunas de las personas más importantes de la caravana fueron a una posada de Belén; las otras se echaron sobre sus lechos, que estaban preparados formando un círculo bajo la carpa grande, y en ellos reposaron. José, que había vuelto a la gruta, puso todos los presentes a la derecha del Pesebre, en un rincón en el cual había colocado un tabique, de manera que no se pudiera ver lo que había detrás.

La criada de Ana, que después de la partida de esta se había quedado al lado de la Santísima Virgen, se había mantenido oculta en una gruta lateral durante toda la ceremonia, no volviendo a aparecer hasta que todos se hubieron marchado. Era una mujer inteligente y de espíritu grave. No vi a la Sagrada Familia, ni a esta criada mirando los presentes de los Reyes con satisfacción mundana; todo fue aceptado con humilde agradecimiento y casi de inmediato distribuido caritativamente.

Esta noche, vi en Belén un poco de agitación con motivo de la llegada de la caravana a la casa en que se pagaba el impuesto; más tarde hubo muchas idas y venidas en la ciudad. Las gentes que habían seguido el cortejo hasta el valle de los pastores, no habían tardado en volver. Luego, mientras los tres Reyes, llenos de alegría y de fervor, adoraban y depositaban sus presentes en la gruta del Pesebre, vi a algunos judíos rondando por los alrededores, a cierta distancia, que espiaban y murmuraban en voz baja. Más tarde, los vi ir y venir dentro de Belén, y presentar diversos informes.

No pude dejar de llorar amargamente por estos desgraciados. Sufro mucho viendo a estas malas personas que entonces, y todavía ahora, cuando el Salvador se acerca a los hombres, se ponen a murmurar y a observar, y luego, arrastrados por su malicia, propagan mentiras. ¡Cuán dignos de compasión me parecían aquellos desgraciados ! Tienen la salvación tan cerca de ellos, y la rechazan, mientras que estos buenos Reyes, guiados por s fe sincera en la Promesa, han venido desde tan lejos han encontrado la salvación. ¡Ay! ¡Con cuánto dolor lloro por estos hombres endurecidos y ciegos !

En Jerusalén vi hoy, durante el día, a Herodes leyendo todavía unos rollos en compañía de unos escribas, y hablando de lo que habían dicho los tres Reyes. Después todo entro nuevamente en calma, como si se hubiera querido acallar este asunto.

Hoy por la mañana temprano vi a los Reyes y a algunas personas de su séquito, visitando sucesivamente a la Sagrada Familia. Los vi también, durante el día, cerca de su campamento y de sus bestias de carga, ocupados en hacer diversas distribuciones. Estaban llenos de júbilo y de felicidad, y repartían muchos regalos. Vi que entonces, se solía siempre hacer esto, en ocasión de acontecimientos felices.

Los pastores que habían prestado servicios al séquito de los Reyes, recibieron valiosas gratificaciones; también a muchos pobres les fueron ofrecidos presentes. Vi que ponían unos chales sobre los hombros de algunas pobres viejitas encorvadas que habían ido allí.

Entre las personas del séquito de los tres Reyes, había algunas que se encontraban a gusto en el valle cerca de los pastores y que deseaban quedarse allí para vivir junto a ellos. Dieron a conocer su deseos a los Reyes, y obtuvieron el permiso de quedarse, habiendo recibido además muy ricos regalos, entre otros, colchas, vestidos, oro en grano, y además los asnos en los que habían montado. Viendo a los Reyes que distribuían también muchos trozos de pan, me pregunté al principio dónde podían haberlo conseguido; pero luego recordé haberlos visto varias veces, en los sitios en que establecían su campamento, preparar, gracias a su provisión de harina, dentro de moldes de hierro que llevaban, pequeños panes chatos, parecidos a las galletas, que ponían sobre sus bestias de carga, amontonados dentro de livianas cajas de cuero. Hoy vinieron también muchas personas de Belén que se agrupaban alrededor de ellos, para conseguir algunos obsequios, bajo diferentes pretextos.

Por la noche, fueron al Pesebre para despedirse. Primero fue sólo Ménsor.

María le puso al Niño Jesús en los brazos; él lloraba y resplandecía de alegría.

Luego vinieron los otros dos, y derramaron lágrimas al despedirse. Trajeron todavía muchos presentes; piezas de tejidos diversos, entre los cuales algunos que parecían de seda sin teñir, y otros de color rojo o floreados; también trajeron muy hermosas colchas. Quisieron además dejar sus grandes mantos de color amarillo pálido, que parecían hechos con una lana extremadamente fina; eran muy livianos y el menor soplo de aire los agitaba. Traían también varias copas, puestas las unas sobre las otras, cajas llenas de granos, y en una cesta, unos tiestos donde había hermosos ramos de una planta verde con lindas flores blancas. Aquellos tiestos se hallaban colocados unos encima de otros dentro de la canasta. Era mirra. Dieron igualmente a José unos jaulones llenos de pájaros, que habían traído en gran cantidad sobre sus dromedarios para alimentarse con ellos.

Cuando se separaron de María y del Niño, todos derramaron muchas lágrimas. Vi a la Santísima Virgen de pie junto a ellos en el momento de despedirse. Llevaba sobre su brazo al Niño Jesús envuelto en su velo, y dio algunos pasos para acompañar a los Reyes hasta la puerta de la gruta ; allí se detuvo en silencio, y para dar un recuerdo a aquellos hombres excelentes, desprendió de su cabeza el gran velo transparente de tejido amarillo que la envolvía, así como al Niño Jesús, y lo puso en las manos de Ménsor. Los Reyes recibieron aquel presente inclinándose profundamente, y un júbilo lleno de respeto hizo palpitar sus corazones, cuando vieron ante ellos a la Santísima Virgen sin velo, teniendo al pequeño Jesús. ¡Cuántas dulces lágrimas derramaron al abandonar la gruta! El velo fue para ellos desde entonces la más santa de las reliquias que poseían.

La Santísima Virgen, recibiendo los presentes, no parecía darles gran valor; y sin embargo, en su conmovedora humildad, mostraba un verdadero agradecimiento a la persona que los ofrecía. Durante esta maravillosa visita no vi en Ella ningún sentimiento de complacencia para consigo misma; solamente al principio, por amor hacia el Niño Jesús y por compasión hacia San José, se dejó llevar con naturalidad por la esperanza de que en adelante, San José y el Niño encontrarían quizás un poco de simpatía en Belén, y que ya no serían tratados con tanto desprecio como lo fueron a su llegada, pues la tristeza y la inquietud de San José la habían afligido mucho.

Cuando los Reyes se despidieron, la lámpara estaba ya encendida en la gruta. Todo estaba oscuro, y ellos se fueron enseguida con sus acompañantes debajo del gran terebinto que había encima de la tumba de Maraha, para celebrar allí, como en la víspera por la noche, las ceremonias de su culto. Debajo del árbol había una lámpara encendida. Cuando las estrellas aparecieron, se pusieron a rezar y a entonar melodiosos cantos. Las voces de los niños producían un efecto muy agradable en aquel coro. Luego, se dirigieron todos a la carpa en la que José había preparado de nuevo una ligera comida. Después de esto, algunos se volvieron a su posada de Belén, mientras otros iban a descansar bajo la carpa.

Hacia la medianoche, tuve de pronto una visión. Vi a los Reyes descansando en su carpa sobre unas colchas tendidas en el suelo, y cerca de ellos percibí a un hombre joven y resplandeciente. Era un ángel que los despertaba y les decía que debían partir de inmediato, sin volver por Jerusalén, sino a través del desierto, siguiendo las orillas del Mar Muerto.

Los Reyes se levantaron en seguida de sus lechos, y todo su séquito pronto estuvo en pie. Uno de ellos fue al Pesebre a despertar a San José, quien corrió a Belén para advertir a los que allí se habían hospedado; pero los encontró en el camino, pues ellos habían tenido la misma aparición. Plegaron la carpa, cargaron el fardaje y todo fue envuelto y preparado con una asombrosa rapidez. Mientras los Reyes se despedían en forma conmovedora de San José una vez más delante de la gruta del Pesebre, su séquito partía en destacamentos separados para tomar la delantera, y se dirigía hacia el Sur con el fin de costear el Mar Muerto atravesando el desierto de Engaddi.

Los Reyes instaron a la Sagrada Familia a que partiera con ellos, porque sin duda alguna un gran peligro la, amenazaba; luego aconsejaron a María que se ocultara con el pequeño Jesús, para no ser molestada a causa de ellos. Lloraron entonces como niños, y abrazaron a San José diciéndole palabras conmovedoras; luego montaron sus dromedarios, ligeramente cargados, y se alejaron a través del desierto. Vi al ángel cerca de ellos, en la llanura, señalarles el camino. Pronto desaparecieron. Seguían rutas separadas, a un cuarto de legua unos de otros, dirigiéndose durante una legua hacia el Oriente, y enseguida hacia el Sur, en el desierto.

martes 3 de enero de 2012

EL PODER DEL NOMBRE DE JESÚS

Un gran saludo a todos los amigos de lo profetico, os deseamos un venturoso 2012, puesto que no va a pasar nada en este año, pero si prepararnos para el 2013, que parece ser una etapa de trancisión por asi decirlo, en este año nos concentraremos en los Mensajes de Jesús en Dozule a Magdalena Aumont y J.N.S.R.

Hoy les dejamos una nota del Apostolado de la Nueva Evangelización, que nos habla sobre el nombre de Jesús, especialmente para este mundo de hoy:



Las maravillas del nombre de Jesús

Hemos oído y repetido desde la infancia el nombre de Jesús, pero muchos, demasiados, no tienen una idea adecuada de las grandes maravillas de este Nombre.

¿Qué sabes tú del nombre de Jesús? Sabrás que es un nombre santo y que habrías de que inclinar la cabeza cada vez que lo dices. Eso es muy poca cosa. Es como si uno viera un libro cerrado y se fijara solamente en el título de la portada. No sabes nada de los preciosos pensamientos que el libro contiene.

Así es, cuando pronuncias el nombre de Jesús, sabes muy poco de los tesoros que en ello se oculta. Este divino nombre, en verdad, es una mina de riquezas, es un manantial de la más alta santidad y el secreto de la felicidad más grande que el hombre puede esperar y gozar en esta tierra. Lee, y lo verás.

Es tan poderoso, tan seguro, que nunca deja de producir en nuestras almas los más maravillosos resultados. Consuela al más triste corazón y hace fuerte al más débil pecador. Nos obtiene todo tipo de favores y gracias, tanto espirituales como temporales.

Debemos de hacer dos cosas. Primero, entender claramente el significado y el valor del nombre de Jesús. Segundo, debemos habituarnos a decirlo devota y frecuentemente cientos y cientos de veces todos los días. Lejos de ser algo aburrido, será algo de inmenso gozo y consolación.

El santo nombre de Jesús es, primero que todo, una oración todopoderosa. El mismo, nuestro Señor solemnemente promete que todo aquello que pidiéramos al Padre en su nombre lo recibiríamos. Dios nunca falla en su Palabra. Cuando decimos "Jesús", pedimos a Dios todo lo que necesitamos con la absoluta confianza de ser oídos. Por esta razón, la Iglesia termina sus oraciones con estas palabras: "Por Jesucristo," que da a la oración una nueva eficacia divina.

Pero, el santo nombre es algo aún más grande. Cada vez que decimos: "Jesús," glorificamos a Dios con un gozo y gloria infinito porque le ofrecemos todos los infinitos méritos de la pasión y muerte de Jesucristo.

Pablo nos dice que Jesús mereció el nombre "Jesús" por su pasión y muerte. Cada vez que decimos: "Jesús," claramente deseamos ofrecer a Dios todas las misas dichas en todo el mundo por nuestras intenciones. Nosotros verdaderamente participamos en aquellas cientos de misas.

Cada vez que decimos: "Jesús," es un acto de perfecto amor, por el cual ofrecemos a Dios el infinito amor de Jesús. El santo nombre de Jesús nos salva de innumerables males, y nos rescata especialmente del poder del demonio que está constantemente buscando la ocasión de hacernos daño. El nombre de Jesús gradualmente irá llenando nuestras almas con una paz y un gozo que nunca tuvimos antes. El nombre de Jesús nos refuerza de una manera tal, que nuestros sufrimientos parecen ligeros y fáciles de soportar.

Pablo nos dice que debemos de hacer todo lo que hacemos tanto sea en palabras o en el trabajo en el nombre de Jesús. "Todo cuanto hacéis, sea de palabra o de obra, todo en nombre de nuestro Señor Jesucristo." (Col 3,17).

De esta manera todos los actos se hacen en un acto de amor y mérito. Y más aún, recibimos la gracia y la ayuda para hacer todas nuestras acciones perfectamente bien. Debemos, sin embargo, hacer lo que mejor podamos en acostumbrarnos en decir "Jesús, Jesús, Jesús," muy a menudo todos los días. Podemos hacerlo cuando nos vestimos, en el trabajo -no importa lo que estamos haciendo- paseando, en momentos de tristeza, en casa y en la calle, en todas partes.

No hay nada más fácil si nos esforzamos en hacerlo con regularidad. Lo podemos hacer muchísimas veces al día.

Piensa que cada vez que decimos "Jesús" devotamente, damos gran gloria a Dios, recibimos grandes gracias, y ayudamos a las almas del purgatorio. Pongamos ahora algunos ejemplos que demuestran el poder del santo nombre.

EL MUNDO EN PELIGRO SALVADO POR EL SANTO NOMBRE. En el año 1274 grandes males amenazaron al mundo. La Iglesia fue asaltada por furiosos enemigos desde adentro y fuera. Fue tan grande el peligro que el Papa Gregorio X, que reinaba por entonces, convocó un concilio de obispos en Lyons para determinar la mejor manera de salvar a la sociedad de la ruina en la que estaba cayendo. Entre muchas de las formas propuestas, el Papa y los obispos eligieron la que ellos consideraron más fácil y eficaz de todas, es decir, la frecuente repetición del santo nombre de Jesús.

El santo Padre entonces pidió a los obispos del mundo y a sus sacerdotes que invocaran el nombre de Jesús y urgieran a sus fieles el poner toda su confianza en éste poderoso nombre, repitiéndolo constantemente con ilimitada confianza. El Papa encargó especialmente a la Orden de Santo Domingo la gloriosa tarea de predicar las maravillas del santo nombre, trabajo que ellos cumplieron con ilimitado celo.

Sus hermanos franciscanos les secundaron. San Bernardino de Siena y San Lorenzo de Puerto Mauricio fueron ardientes apóstoles del santo nombre de Jesús. Sus esfuerzos fueron coronados con el éxito. Fueron barridos los enemigos de la Iglesia y desaparecieron los peligros que amenazaban a la sociedad y la suprema paz reinó una vez más.

Esta es la lección más importante para nosotros porque, en nuestros días, terribles sufrimientos están aplastando muchas naciones. Y aún mayores tribulaciones están amenazando a todas las demás.

Ningún gobierno o gobiernos parecen lo bastante fuertes y hábiles como para detener este tremendo torrente de males. No hay más que un remedio y es la oración.

Todo cristiano debe volver a Dios y pedirle misericordia. La oración más fácil de todas las oraciones, como hemos visto, es el nombre de Jesús. Todos sin excepción pueden invocar este santo nombre cientos de veces al día, no solamente por sus propias intenciones, sino también para pedir a Dios que libre al mundo de una inminente ruina.

Es asombroso lo que una persona que ora puede hacer para salvar su país y a la sociedad. Leemos en la Sagrada Escritura como Moisés salvó por sus oraciones al pueblo de Israel de la destrucción y como una piadosa mujer, Judith de Betulia, salvó su cuidad y su gente cuando los gobernadores estaban desesperados y a punto de rendirse a sus enemigos.

De nuevo notamos, que las dos ciudades Sodoma y Gomorra, que Dios destruyó con fuego, por causa de sus pecados y crímenes, ¡les hubiera perdonado si hubiera habido solamente diez personas que oraran por ellos!

Una y otra vez leemos de reyes, emperadores, hombres de estado y famosos comandantes militares que pusieron toda su confianza en la oración, y así obraron maravillas. Si las oraciones de un hombre pueden hacer tanto, ¿cuánto más harán las oraciones de muchos?

El nombre de Jesús es la más corta, más fácil, y más poderosa de las oraciones. Todos pueden decirlo incluso en medio de su trabajo diario. Dios no puede rehusar de oírlo.

Invoquemos el nombre de Jesús pidiéndole que nos salve de las calamidades que nos amenazan.

Una devastadora plaga aparece en Lisboa en 1432. Todos los que pudieron hacerlo, huyeron aterrorizados de la ciudad y de este modo se extendió por todos los rincones del país de Portugal. Miles de hombres, mujeres y niños de todas clases fueron barridos por la cruel enfermedad. Fue tan virulenta la epidemia que los hombres caían muertos en todas partes, en la mesa, en las calles, en sus casas, en las tiendas, en los mercados, en las iglesias. Usando las palabras de los historiadores, estalló como rayo de hombre a hombre, por un abrigo, un sombrero, o cualquier prenda que hubiera sido tocada por la sacudida plaga. Sacerdotes, médicos y enfermeras fueron arrastrados en tal número que muchos cuerpos yacían en las calles, sin enterrar. Los perros lamían la sangre de los muertos, como resultado fueron éstos contagiados con la terrible enfermedad que se extendió aún más entre la infortunada gente.

Entre aquellos que asistieron a los moribundos con inquebrantable tenacidad, fue un venerable obispo, Monseñor André Días, que vivió en el convento o monasterio de Santo Domingo. Este santo varón, viendo que la epidemia, lejos de disminuir, crecía a diario en intensidad y perdiendo la esperanza en la ayuda humana, urgió a la infeliz gente a que invocaran el santo nombre de Jesús. Donde quiera que la enfermedad fuera más furiosa, se le había visto, urgiendo, implorando a los enfermos y moribundos y a aquellos a los cuales no les había tocado la enfermedad, el repetir: "Jesús, Jesús." "Escribidlo en estampas, -decía- y guardadlas dentro de vosotros. Ponedlas por la noche debajo de las almohadas. Ponedlas en las puertas, pero por encima de todo, invocad constantemente con vuestros labios y en vuestros corazones este nombre que es de lo más poderoso."

El fue, como ángel de paz, llenando a los enfermos y moribundos con coraje y confianza. Los pobres dolientes sentían dentro de ellos una nueva vida, y nombrando a Jesús, ponían las estampas en sus pechos o en sus bolsillos.

Entonces citándoles en la gran iglesia de Santo Domingo, les habló una vez más del poder del nombre de Jesús y bendijo agua en el mismo santo nombre. Ordenando que toda la gente se salpicara con ella y que salpicaran la cara de los enfermos y moribundos. ¡Maravilla de maravillas! Los enfermos sanaron, los moribundos resucitaron de sus agonías, la plaga cesó y la ciudad fue librada en pocos días del más espantoso azote que jamás la había visitado.

Las noticias se extendieron por todo el país, y todos empezaron al unísono a invocar el nombre de Jesús. En un increíble y corto período de tiempo todo Portugal se vio libre de la horrorosa enfermedad.

La gente agradecida, teniendo presente las maravillas que habían presenciado, continuaron su amor y confianza en el nombre de nuestro Salvador. Así que en sus problemas, en todos los peligros, cuando males de cualquier clase les amenazaban, ellos invocaban el nombre de Jesús. Fueron fundadas confraternidades en las iglesias, fueron hechas procesiones del santo nombre mensualmente, fueron levantados altares en honor de este bendito nombre, así que la mayor maldición que jamás había caído en el país fue transformada en una de las más grandes bendiciones.

Por siglos, esta confianza en el nombre de Jesús continuó en Portugal y así mismo se extendió a España, Francia, y al resto del mundo.

En el reino de Genseric, el rey arriano de los Godos, uno de los favoritos cortesanos del rey, el conde de Armogasto, fue convertido del arrianismo a la Iglesia Católica.

El rey, oyendo el hecho, se enfureció de tal manera que llamó al joven noble a su presencia y trató por todos los medios en su poder inducirle a rechazar su fe y volver a la secta arriana. Ni las amenazas ni las promesas le importaron. El conde rehusó toda insinuación y conservó su nueva fe. Genseric dió rienda suelta a su furia y ordenó que ataran al joven con fuertes cuerdas y que los fornidos verdugos las apretaran con todas sus fuerzas. El tormento era inmenso pero la víctima no mostraba señales de dolor. Repitió por dos o tres veces "Jesús, Jesús, Jesús," y las cuerdas se ablandaron como telas de araña y cayeron a sus pies.

Enfurecido sin medida el tirano, ordenó ahora que fueran traídos tendones de bueyes, tan fuertes como el alambre. El conde fue atado de nuevo y el rey pidió a los verdugos que usaran todas sus fuerzas. Una vez más, su víctima invocó el nombre de Jesús. Y las nuevas ligaduras como las viejas se aflojaron como hilos. Echando espuma por la boca de odio, ordenó que el mártir fuera atado por los pies y colgado de la rama de un árbol, cabeza abajo.

Sonriendo a esta nueva moda de tortura, el conde Armogasto cruzó los brazos en su regazo y repitiendo el santo nombre, se durmió tranquilamente como si estuviera echado en el más suave y cómodo sofá.

Tenemos otro incidente parecido de la misma clase narrado por el mártir chino, el venerable dominico y obispo, Don Melchior. En una de las muchas persecuciones que atacaron a China, y que dio tantos santos a la Iglesia, este obispo fue perseguido y después de haber resistido los más brutales tormentos, era condenado a una muerte cruel. Fue arrastrado al mercado en medio del populacho, los cuales vinieron a satisfacerse con sus sufrimientos.

Le desnudaron y cinco verdugos armados con afiladas espadas empezaron a cortar sus dedos, uno por uno, coyuntura por coyuntura, después sus brazos, luego sus piernas, causándole una agonía extremadamente dolorosa. Finalmente rajaron su encarnadura y le rompieron los huesos.

Durante este prolongado martirio, sin visibles signos de dolor por parte del obispo, sonreía y decía despacio y en alta voz, "Jesús, Jesús, Jesús." Esto le daba una maravillosa fuerza ante el asombro de sus verdugos.

No hubo una lágrima o queja que se escapara de sus labios, hasta que finalmente, después de horas de tortura, calladamente, expiró con la misma dulce y pacífica sonrisa en su cara.

Qué maravillosa consolación no sentiríamos cuando confinados en cama por una enfermedad o desgarrados por el dolor, repitiéramos devotamente el nombre de Jesús.

Muchas gentes que no pueden dormir encontrarían ayuda y consolación si invocaran en estos momentos de insomnio el santo nombre y muy probablemente caerían en un tranquilo sueño.

¡Alabado sea Jesucristo!

BUENAS NOTICIAS PARA EL HOMBRE DE HOY

Grupo Apostólico Nueva Evangelización (A)